marzo 18, 2019

Paseo Colón. Diván de historias

 

 

Un encuentro

Sol de ocaso que ilumina los álamos de la avenida. Conforme la luz mengua, las linternas de los autos y las aceras pintan de un tono dorado sus troncos veteados. Cada vez más, la iluminación de las decoraciones reverbera sobre los paseantes, comienza el tránsito nocturno.

 

Mira la pantalla, finge ansiedad y enojo por los mensajes que está enviando. En verdad, sólo espera fuera del café. Lo hace a propósito para simular que cierra un negocio y su cliente se ha retrasado. Está sentado por una esperanza, una mujer que no llamó y con quien tampoco tiene compromiso. Simplemente quiere que se presente como cada semana y lo note.

 

A veces con una amiga, algunas con un compañero de trabajo, varias ocasiones, sola; pero siempre elegante, con el cabello bien tensado, un detalle en color crema y bien perfumada. A él le fascinan sus manos finas y cubiertas, su porte con aire de película de gánsteres, esos abrigos tersos como su piel.

 

Si la observamos con atención hay mucho de ella que él pasa por alto al hacerse el interesante. Alta para el promedio,  unos muy lucidos metro y setenta que honran dos piernas bien torneadas de ballerina. No es  oficinista ni dependienta como sospecha, pero ese vestir formal es premeditado. Más que por la mafia, por el recuerdo de su abuelo, coleccionista de clásicos y fanático de Hollywood. Es una belleza que bien podría haber sido coprotagonista de un Gardel, pero qué va a notar un comerciante esos detalles.

 

Mención honorífica en la carrera, dos años practicando en Estados Unidos, premio de ventas en México. La familia le pagó una educación de negocios, su profesión lo modeló para prever lo posible y gozar lo conseguido, se considera exitoso, decidido, hombre de convicciones y ve en ella una mujer de buena familia, formal y de finísima etiqueta. Para ella no es tan indiferente, un hombre que entiende la pasión y el drama, que se exaspera en sus negociaciones porque la palabra es fuerza vital, expansiva. Se mueve con soltura y violencia, las venas se le marcan y transpira con fuerza.

 

Detrás del auricular la voz es particularmente tensa, oye pero no entiende, el corazón se niega a entender y la mente suspende su escándalo natural. Contempla ante sí un silencio que se profundiza. Ha pedido la cuenta, ha pagado, camina hacia la puerta, camina lento y sin pensar hacia la puerta. Algo ha visto en él que es más auténtico que todos sus gritos, más fuerte que su transpiración, hay en esa serenidad un rostro que, simplemente, necesita compañía.

 

También paga su servicio, apresura al mesero y camina hacia el hombre. Lo abraza y él se estremece en sus brazos, firme como un tronco de bambú, vaciado de sí. Así permanecen unos segundos, algo le dice y ella se queda a su lado. Cuando salen los álamos se han hecho más grandes, los adoquines refulgen como fuego, las estrellas se han perdido en el resplandor de los hombres.

 

Abraham Martínez

Toluca, diciembre de 2016

 

 

José Abraham Martínez Maldonado

Productor plástico y académico egresado de la Universidad Autónoma del Estado de México. Maestro en Humanidades. Su trabajo engloba la práctica artística, la escritura y la investigación, tiene trabajo publicado como ilustrador y escritor en revistas universitarias y privadas.

 

Se desempeña en la docencia del arte, las humanidades y el diseño desde 2008. Diseñador en instructor en los Diplomados en Historia del Arte en el CCU “Casa de las Diligencias” desde 2015. Premio Arte Abierto, Arte para todos, 2011. Becario FOCAEM, 2010.

         

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